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21/Abr/2018

El nuevo Carmelo y los clásicos que hay que visitar en el de siempre

A orillas del Río de la Plata, al norte del pueblo se ha sumado un eje, sobre la ruta 21, que configura un Carmelo nuevo, visitado por argentinos que frecuentan sus hoteles boutique y resorts.

Recién después de estar un día dando vueltas por Carmelo; hablar con Pablo Pegazzano, dueño de la histórica tienda que fundó su abuelo en la década del 40; ir a la Casa de la Cultura, y llegar a la posada Campotinto al atardecer, queda claro que no hay un Carmelo, sino dos. En uno viven los más de 18.000 carmelitanos. El otro es el que crece hacia el norte, hacia Punta Gorda, a lo largo de la ruta 21, donde es más fácil encontrar argentinos que uruguayos. "Carmelo pueblo sigue siendo el que siempre fue", nos dice Pablo del otro lado del mostrador. El Carmelo del que habla Pablo es pequeño, acodado a la vera del río con el sol a más no dar sobre la extensa playa Seré, que se llena de bañistas por la tarde. Los más jóvenes llegan de a dos en motos o camionetas que estacionan de culata hacia la arena, para sentarse ahí mismo a tomar mate o cerveza. La escena sucede cerca del viejo puente giratorio, que ya no gira. También está la solitaria plaza Artigas, que recuerda al héroe máximo, quien, además de todo, fundó la ciudad; y la plaza Independencia, más céntrica, más movida, pero recién después de las seis de la tarde.

DE AQUÍ Y DE ALLÁ

"Mi abuelo siempre decía que los argentinos empezaron a llegar a Carmelo en 1952 cuando hubo una suerte de explosión de turismo náutico. Se llenaba de yates. Pero yo recuerdo lo que pasó a partir de los 90, cuando se inauguró el hotel Madison, que ya cambió dos o tres veces de nombre", sigue Pablo. El que llegó por esa fecha fue el empresario argentino Eduardo "Pacha" Cantón quien armó un plan estratégico que comenzó con la construcción del barrio cerrado El Faro, a 7 kilómetros de Carmelo por la ruta 21; luego compró el hotel del que habla Pablo, al lado del barrio; después se enamoró de la vieja bodega Narbona y la transformó en un lugar de ensueño; más tarde hizo La Toscanita, un barrio estilo italiano dentro de El Faro, y a continuación puso el ojo en Puerto Camacho, un embarcadero con restaurante para los dueños de las casas de esa zona. Con el tiempo fueron llegando otros inversores argentinos que se entusiasmaron también con la tranquilidad de la región, los buenos vinos, el clima y el fácil acceso (del puerto de Tigre al de Carmelo hay algo más de dos horas en la Cacciola). Y se terminó de armar el Carmelo que muchos carmelitanos no conocen. Uno más elegante, moderno pero antiguo a la vez; abierto aunque a veces un poco cerrado, adonde se suele entrar con contraseña, mencionando referencias, a algún conocido o "de parte de tal". Repleto de eucaliptos y pinos, con un aroma fresco y penetrante sobre todo después de un día de lluvia. Rodeado de viñedos, con calles de tierra, quintas, hoteles boutique, bodegas boutique. Así, los nacidos y criados se mueven de Carmelo al sur. Los demás, de Carmelo al norte. Pero puede que se crucen en el bar Che Carmelo frente a la plaza del centro, que tiene una terraza abierta, ideal para compartir una cerveza bien fría al atardecer.

COLONIA ESTRELLA

Pasar la primera noche en la muy acogedora Posada Campotinto nos da una buena excusa para conocer su bodega, sus viñas y la casona que inauguraron hace pocos meses para degustación y venta. En lo que se conoce como Colonia Estrella -a seis kilómetros del pueblo por la ruta 21-, justo frente a la capilla San Roque (una belleza de 1869 que conocemos por fuera porque abre solo los días 16 de cada mes), se levanta esta bucólica posada y restaurante con patio y pérgola mirando a los viñedos. Las bicis descansan a un lado para cualquiera que se anime. Y nos animamos. Nos espera en la casona -a 400 metros, dentro del mismo predio- Johana Vázquez para contarnos sobre los vinos Campotinto, el Tannat (un emblema uruguayo) y los premios que fueron llegando (Racimo de Oro para Ícono 2015, un varietal 100% de uva Tannat del que se produjeron solo 300 botellas). También están haciendo Medio & Medio, clásico espumante nacional (en este caso, 50% Moscatel y 50% Ugni blanc) con la marca de la bodega y posada. Tabla de quesos con higos, almendras tostadas y empanaditas de carne completan una degustación que se convierte en larga sobremesa.

Justo frente a la casona Campotinto, y desde donde también se ve la capilla San Roque, está Almacén de la Capilla, la sala de ventas y degustación de la Bodega Cordano. "Es una bodega familiar con una producción reducida, por lo que sus vinos se venden solo aquí", dice la empleada de lo que era el antiguo almacén de ramos generales de la bodega, en donde ahora han puesto el foco en el vino (que se vende también en damajuanas) y en el aceite de oliva que ellos mismos elaboran. El patio de los Cordano, que ya tiene más de cien años, está sombreado por una tupida parra de Moscatel. Más atrás, la bodega y más atrás todavía, en medio de las viñas, una pequeña cabaña (Entre Viñas) que se alquila idealmente a parejas enamoradas. Otra cosa, sería desperdicio. Paramos a almorzar en Lo'Korrea, a 200 metros de allí. Llegamos porque nos lo recomendaron especialmente. El nombre y el cartel a un lado de la tranquera ( en Uruguay le dicen portera) no llama mucho la atención. El plan es comida libre. Entrada: matambre con ensalada rusa. Principal: ravioles de verdura y pollo (tipo estofado). Postre: lo que uno quiera y las veces que quiera. La sensación es unánime. Es como si la abuela de cada comensal hubiese amasado para su nieto. El culto a la cocina casera da como resultado un salón a tope.Familias enteras (de los dos Carmelos) se encuentran en este comedor donde también funciona la Sociedad Italiana Progenie D'Italia. Nos vamos pensando seriamente en volver.

 

PUNTA GORDA

 

Luego de la experiencia Colonia Estrella, la ruta 21 conduce a Punta Gorda, en el límite entre Carmelo y Nueva Palmira, la localidad que sigue hacia el norte. Con una impronta histórica muy fuerte vamos directo a relevar los hitos del lugar: la Batería de la Ribera, el Rincón de Darwin, la Pirámide de Solís y el Kilómetro Cero del Río Uruguay. Así, en un puñado de metros sobre la alta barranca, conocemos una de las pocas fortificaciones con artillería que se conservan en Uruguay; el lugar donde Charles Darwin encontró, en 1833, gran cantidad de fósiles que sumó a sus investigaciones por América; el monumento en homenaje a los navegantes españoles que descubrieron el Río de la Plata, y el más curioso de todos, el encuentro del Uruguay con el Paraná para dar nacimiento al Río de la Plata (si hay buen sol se pueden distinguir las distintas tonalidades de sus aguas). Con árboles generosos en sombra, lo alto de la barranca es un punto panorámico ideal para hacer una parada en el camino, sentarse a tomar unos mates y pensar en nuevos rumbos.

A solo 500 metros, en la mismísima costa de la laguna Solís está Al Natural, una pequeña y muy bien puesta posada que dirige Carolina Gómez Guisoli, una uruguaya simpatiquísima que nació en Nueva Palmira y que se radicó hace años en Punta Gorda, junto a toda su familia. Conversadora nata, recomienda lugares y más lugares para conocer. "No pueden dejar de ir a Narbona, acá nomás, y a la Capilla Narbona también, justo enfrente". Y allá vamos. La capilla aparece primero, un poco antes de cruzar el Arroyo de Las Víboras. Tiene una carga histórica enorme. No es solo una capilla y un oratorio, allí está también la casa más antigua (que sigue en pie) de todo Uruguay. Se sabe que la construyó Juan de Narbona, quien manejaba las canteras de cal con que se hicieron, en Buenos Aires, la Iglesia del Pilar y otros edificios importantes de Recoleta. Del otro lado de la ruta, está Narbona Wine Lodge, la otra parte de la historia. Allí donde un descendiente de Narbona fundó, en 1909, una de las primeras bodegas de Uruguay, hoy funciona un conjunto integrado por una posada de apenas cinco habitaciones (dos de las cuales tienen galerías propias que miran a los viñedos), un restaurante, un almacén, una panadería, un tambo y la nueva bodega, construida con el mismo estilo que la vieja, pero tecnológicamente de avanzada. Tanto la una como la otra tienen sus respectivas cavas aguardando a los degustadores.

 

HYATT CARMELO

 

Nada de lo que sucede hubiera sido posible sin su existencia. Hay un antes y un después en Carmelo tras la apertura de este cinco estrellas que le dio nueva vida al pueblo. Corría el año 2000, y no llevaba su actual nombre. Inaugurado como Madison, tuvo una etapa gerenciado por otra cadena de lujo y hace dos años que es Hyatt. Pero no cualquiera. Desde hace pocos meses, una novedad lo llena de orgullo: integra la Unbound Collection, un selecto grupo de propiedades con identidad propia que brindan una experiencia de estadía singular, en una ubicación única. Otro miembro de la Unbound Collection es, por ejemplo, el Hotel du Louvre, en la Rue de Rivoli, en París. Las particularidades de este Hyatt están muy relacionadas con el entorno. Las 24 suites desarrolladas en dos niveles y los 20 bungalows, un poco más íntimos, con un pequeño jardín y ducha al aire libre en el bosque de pinos y eucaliptos, invitan a relajarse y a entregarse al descanso.

La decoración es exquisita, sobria, con vistas al Río de la Plata o al bosque. Con una impronta que combina diseño occidental con algunos toques de influencia asiática, elChandra Spa cuenta con piscina interior climatizada, sauna seco, clases de yoga en el gazebo frente al río, aromaterapia, meditación y un completo menú de tratamientos realizados por expertos con mucho know how y manos de ángeles. En plan un poco más activo, hay gimnasio, bicicletas, canchas de tenis y de golf de 18 hoyos. Se puede optar también por ir de pesca, andar a caballo o sumarse al exclusivo Sunset Cruise, un paseo en lancha o yate para ver la puesta del sol aguas arriba. La piscina es el corazón del hotel, un punto de encuentro para los huéspedes en verano. Con doble cascada y deck, sus reposeras resultan irresistibles para reparadoras siestas y gratas horas de lectura. A ella balconean el restaurante Pura, en manos del chef argentino Julio García Moreno, y los dos bares. Desde el Mandara Bar, situado en un alto, se ven la playa y el río.

Es muy fácil quedarse allí, en uno de los sillones al aire libre. Pueden pasar horas, y si se pone fresco llega Bárbara -u otra de las camareras- a ofrecer una manta, o Luis para encender el fuego en un brasero y servir una copa de vino. Los huéspedes también son bien recibidos en los restaurantes de Puerto Camacho y para recorrer la bodega Narbona. Manzanas y jugos en el gimnasio, repelente para mosquitos, protector solar, batas y toallas, lockers, frutos secos y jugos detox en el spa, agua fresca en todas partes. Los detalles son la esencia del todo.

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